Curiosidades que nos pasan al aire libre

Desde luego, la experiencia de tocar un concierto al aire libre es siempre inolvidable.

Lo primero, claro, la acústica que es siempre muy especial. Luego además en los espacios amplios se tienen unas buenas vistas sobre el variopinto paisaje . El viento que mueve las partituras, y que puede con una simple brisa en el momento más inoportuno, llegar a jugarte una mala pasada si no llevas un par de buenas pinzas. Además el público también se nota que se comporta de otra forma, como un poco más libre al no sentirse tan encorsetado por el rigor del interior de un teatro..., en fin muchos pequeños detalles que como digo hacen que sea un concierto diferente.




Pero lo que nunca había pasado es lo que nos ocurrió a unos cuantos violinistas ayer, en el concierto de la orquesta de Córdoba en el patio de armas del castillo de Canena (Jaen).

La noche iba poco a poco cayendo, apacible, sin viento y todo iba tranquilo mientras la música sonaba. Los acordes de la obertura de Beethoven sonaban en el tutti de la orquesta perfectamente conjuntados al unísono, Dooooooooo..CHAAN !!!!, igual que cuando un leñador corta el medio del tronco de un hachazo, impresionate. Y llegó el concierto para clarinete de Mozart, valga decir de paso que interpretado con la maestría de siempre por Joaquín Haro, y la temperatura ambiental sin darnos cuenta poco a poco iba bajando unos cuantos grados. No es que hiciese frío ni mucho menos, pero como habíamos estado antes con el atardecer de un sol justiciero de julio, pues la diferencia al llegar la noche con la brisa del castillo llegó a ser importante.

En medio del segundo tiempo del Mozart a mi de repente, clack !, se me saltó la segunda cuerda del violín. Y claro, al principio del susto, pensé que se había roto, hasta que me paré a mirar y vi que la cuerda estaba bien. Pero al tocar me di cuenta de que la cuerda se había desafinado un par de tonos.
Con las diferencias de temperatura la madera de los instrumentos también se contrae y se dilata, y las clavijas se habían aflojado. Tuve que parar de tocar, claro que uno no es Paganini y afinarlo un poco asi de emergencia.

Luego vi que en el Mendelshon le pasó lo mismo a otro compañero, teniendo que hacer la misma operación. Pero la que peor lo pasó fue otra colega, casi al final del concierto cuando en medio de los tresillos rápidos de repente vio como la clavija de su violín rodaba por el suelo quedándose por un instante a cuadros sin entender lo que pasaba. La verdad que fue increible y nunca había visto nunca nada igual. Menos mal que quedaba poco para finalizar la sinfonía, porque la compañera estuvo ahí pasando un mal trago un par de minutos tratando de arreglar el problema sin poder remediarlo y tuvo que quitar la cuerda pensando lo que había pensado yo también antes, que se había roto, aguantando el tipo hasta que llegarón los acordes finales.

Lo curioso es que por lo menos en estos tres nuestros casos fue siempre la segunda cuerda LA del violín la que se soltó, no sé porqué. Ya los expertos se pondrán seguro a estudiar el tema, jeje..